Pablo de la Higuera

Lo primero que se te ocurre frente al mar
es que no se te ocurre nada.
(Me refiero, claro, al mar mar,
al mar océano, a Atlante,
el que en la tarde costera
Viene con su bronca empecinada.
Con el otro, con el Mediterraneo, no hay problema.
El Mediterráneo te inspira cosas. Te mece
y te adormece,
te acuna, te arrulluna, te enternece,
mare nostrum
mare vostrum
mare dellos
mare dellas
mareyada
con y naturalmente griega,
mare mater amantisima,
mare amore
mar-ica
en el que un señorito de pueblo puso las meninges al remojo
y se le entibiaron,
y se le ablandaron,
y se le añejaron
y entre las algas tumefactas grecolatinas
pescaron un virus culturalis de mucha sofisticación).

Atlante es otra cosa.
Ante Atlante no se osa
pensar,
y menos inventar pijaditas
o del tipo « la mer… toujours recommencée… »
(a los franceses siempre se les ocurre una pamplina bonita y cuasifilosófica para salir del paso).
Ante el Atlante no valen historias.
Ni siquiera se puede sentir una inmensa perplejidad
porque lo único inmenso es él,
tú estás allí, pequeñito, encima de la roca
como un gilipollas,
y tu perplejidad es tan chiquita como tú,
y no valen metáforas
ni siquiera recurrir a mínimos trucos irrisorios
como decir « la mar », qué bobada,
la mar lo será ella,
la Mediterránea.
No.
Lo primero que se te ocurre, encima de la roca
es que no se te ocurre nada.
Te naufraga lejos el alma y la mirada,
y, naufrago ya, te desenrocas,
y te vuelves
encogido,
salpicado por el último zarpazo de esmeralda,
sonado y hecho un piyayo,
desparramado de arena,
y ese grande mundo movedizo e inclemente
a ti te enajena
y te causa un respeto imponente.


Pablo de la Higuera. Son las mismas estrellas