
Pablo de la Higuera
Pablo de la Higuera
Hay tanta luz
que el silencio está encendido
como una adivinación.
Hay tanto silencio
que se toca con las rodillas al andar,
y la inmensa calladez del llano
amortaja la pequeña estridencia del camino:
el tracatrá del tractor,
el cricrí del grillo,
1a murga acompasada del rebaño
-las ovejas son barítonas, bien-,
el apenas perceptible acariciamiento
del ala de la urraca sobre el choperal.
Hay tanta luz
que se ve el tiempo fruncido fijándose
en la corteza de los pinos.
Hay tanto silencio
que el Sol se pinchó sobre los cardos,
se deslumbró sin un quejido,
amarilleó muladar por los senderos
y luego, enmudecido,
se cayó por la cuesta de Toro,
entre la Colegiata y el cielo.
Recortada en la lomita, tan cansina y tan campante –tan campesina-
la ciudad se esfinge sobre el Duero.
Aquí se despistó la eternidad.
Hay tanta luz que enceguecieron las campanas,
pero hay tanto silencio que aún se oye el tañido del año pasado-
y el rezo sigiloso de otro siglo…
Hay tanta luz,
tanto silencio…


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