Medianoche desde el muelle d’O Grove

Pablo de la Higuera
Pablo de la Higuera
De noche, el mar se para.
Es como si llegara
definitivamente a puerto.
No se le vio acostar
porque es de noche. Pero se sabe, es cierto
que está parado.
Por lo menos esta noche y este mar
arcano y arosano
en que se hizo el silencio.
Otras noches, otros mares…
Por ejemplo, en la costa biarrota
o en la de la Muerte,
lo suyo es la agresión estruendosa
con nocturnidad y algarabía
contra el parapeto de rocas
que defiende los puertos.
Pero aquí, en la ría apacible, el mar
de noche se para.
Tal vez incluso desaparezca
con la última gaviota
hasta el amanecer.

Salvora
Esta noche de sábado los barcos no han salido
y la ilusión de mar desvanecido
es mayor.
Desde la punta del muelle
un cielo bajinegro se alfombra por dónde había el mar, y en lontananza,
que cae por la parte de Puebla del Caramiñal,
un larguísimo collar de luces blancas
indica
que si bien el mar ha desaparecido, la tierra
está allí, abierto arco tendido,
a la orilla de la noche.
Aguiño, Riveira, Palmeira, La Puebla, A Illa, Cambados…
oh los nombres de millo y miel,
gama de piano en clave de luna, sonata de orvallo,
mazorca de mazurca que no espigó Chopin.
Vilanova d’Arousa, Carril, Catoira, Rianxo…
divinas palabras de la ribera verde
-¡eh, Valle, el ciego de Gondar
ha recobrado la vista y parpadea disfrazado de estrella,
guiñándole a la Osa Menor
sobre la cuesta de Noalla!…-
¡Dios, qué bendición de noche, qué silencio!
Apenas una música efectivamente celestial,
una melodía de estrellas lejanas
se apaga sobre el agua de la noche quieta.

Desde el muelle d’O Grove,
de pronto el último verano
súbitamente el verdadero espejismo
de toda la armonía del mundo.
Sólo viví algo parecido
aquella tarde de fuego azul
de Castilla la plana.
Pablo de la Higuera. Son las mismas estrellas

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